Sentado en las butacas de un bus del trasporte público, escucho cómo un muchachito interroga a su abuela: “¿cómo se llama el que mató a Manuel Rodríguez?” La mujer, escéptica, masculla un seco: “nadie lo mató, chiquillo mentiroso.” “Pero mi papá me dijo....”–insiste el muchachito. “¡Ah! Ya sé”–interrumpe un segundo niño al que apenas logro divisar: “… fue ‘el colorado de las patillas.’” La anécdota –apuesto– exhibe la misma coyuntura que Cánovas y Scherman entreven en las “huellas migrantes” de “diecisiete autores [que] han escrito relatos sobre la identidad judaica [en] este confín del mundo” (9) [1]. Tanto mi anécdota como los relatos de Cánovas y Scherman, mentan “un sujeto en busca de nuevos fundamentos” (9); compañero en su experiencia de orfandad de aquel otro que emerge en esa multiplicidad de “relatos étnicos mapuches, rediseños biográficos de mujeres y hombres ilustres de la patria (Prat, Portales, Inés de Suárez, La Quintrala), y memorias históricas (relatos retrospectivos de la dictadura y del desencanto posterior)” (9), que hoy día copan los anaqueles de laslibrerías nacionales. De este sentimiento de orfandad surgen unos sujetos (“cuerpos suspendidos en el aire” [156]), que, al igual que los inmigrantes judíos desplegados en la obra que aquí comento, dibujan sus contornos a través de “su irritación, sus ansias de reinserción en un espacio menos normativo y más plural” (9).
Por Cristián Opazo
Pontificia Universidad Católica
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